jueves, 1 de septiembre de 2016
Taller de escritura creativa TRASFONDO – Katy Puga
Energías lectoras
Simula leer. Inventa palabras que hagan juego con las ilustraciones de sus cuentos. Calma su ansia por conocer esas narraciones que carga en un bolso gris. Con sus trenzas largas y sus grandes ojos cafés, la pequeña niña lleva orgullosa varios libros. Sobresale uno color azul, como buscando ser leído. Ella, delgada y ágil pasea por toda su casa con las historias en sus hombros. Espera descubrir pronto a esas compañeras de cada día.Juan y las habichuelas mágicas es el primero que lee por sí sola. Se quedará en su memoria. Su pasta dura con fondo negro, sus letras grandes, sus trazos sencillos, su historia, le atrapan una y otra vez. Para leerlo se sienta y apoya el libro en una pequeña mesa. Un protocolo natural pero necesario para iniciar esta aventura.
Muere por saber cómo se las arregla Juan para ayudar a su madre, así que no demora en llegar a su final. En las siguientes lecturas saborea la historia. Se pregunta. Imagina otros finales. Siempre se detiene en la misma página. Se sube a ese inmenso árbol frondoso y acompaña a Juan en su búsqueda. Aunque la historia no cambia, cada vez que llega ese punto, se angustia por el protagonista. Siempre se filtran las mismas preguntas en su cabeza ¿y si esta vez lo descubren?, ¿por qué es pobre Juan?, ¿dónde está su papá?, ¿va a la escuela?, ¿sabe leer?
Con cada cuento que cae en sus manos, su mente se inquieta, busca otras tramas, distintos desenlaces. Duerme buscando soluciones para que Hansel y Gretel escapen y encuentren su camino a casa. Hurga otros cuentos. Otras historias. Más emociones.
Un día, un libro pequeño con hojas de papel periódico, cayó en su pupitre. En la portada una niña rubia de trenzas largas, flequillo y un disimulo de sonrisa. Una joven huérfana, pobre y no muy querida. Era lazarillo de un chico ciego. Marianela, una historia con la que no logró engancharse. Odió el libro. Odió la historia. Odió cada deber sobre ese libro. Y más aún escribir el consabido resumen.
¿Qué no le gustó?, ¿la historia?, ¿la forma del libro?, ¿la letra pequeña?, ¿el papel suave y delgado? Lo cierto es que la hora de clase se convirtió en un verdadero martirio para esa pequeña de ocho años. Se resistía hacer los trabajos sobre esta novela. Esperaba hasta el domingo en la noche para garabatear algunas palabras sin gracia. Rezaba para que suceda un milagro y no tener esa materia o que llegue un ángel y haga el resumen por ella. Fin de la lectura.
Por muchos años no hubo forma de que se atreviese a abrir un libro. Los miraba con recelo. Los relegó. Dejó de utilizar su bolso gris. O tal vez lo cargaba vacío. Eso ya no importa.
Con su cabello castaño, su moño sencillo, su rostro transparente, la profesora exigía un deber que para ella no era nada del otro mundo. Asustada la niña llegaba a casa a cumplir con su tarea. Le costaba avanzar con la lectura. Imaginaba a Marianela desdichada y presa de una vida nublada.
-¿Ya hiciste los deberes? Preguntaba su madre
-Eh… aún me falta ese libro, contestaba ella entre dientes.
¡Cuánto sufría tener que hacer la tarea!
¡Aaay! Otra vez el bendito resumen. Otra vez buscar el significado de esas palabras raras.
¿Por qué más bien no preguntaba qué haría ella si fuese Marianela? O ¿Cómo le podía ayudar a escapar de esa vida?
Tal vez ella odiaba ser profesora, como la niña odiaba el libro.
La vida de lectora de la pequeña se estancó por un largo tiempo. Su memoria queda en blanco al tratar de recordar otras novelas. En algún escondite de su memoria quedan: Corazón, Canción de Navidad, Ilusiones, El Principito.
Al llegar a casa, ella jugaba en el parque con sus amigas, con sus hermanos. Paseaba en bicicleta. Visitaba a su prima. Iba a la piscina con su padre, veía televisión, pero a leer no se animaba. Sus energías lectoras solo le alcanzaban para cumplir con los libros que le exigían en la escuela y de los que no podía escapar. Aprendió a cumplir con esas tareas de forma rápida. Su curiosidad e interés cayeron en un letargo del que le tomó tiempo salir.
“Me llamo Eva, que quiere decir vida”, fue la voz que, a sus quince años, le animó a dejar sus prejuicios e iniciar su reencuentro con la lectura. No tardó en dejarse envolver por las aventuras de la protagonista, y por su genialidad para inventar historias que le llevaron a hacer amistad con Huberto Naranjo, su compañero de andanzas. ¡Cómo hubiera querido tener un amigo tan leal! ¡Cómo hubiera querido vivir en carne propia, algunas de esas hazañas!
Cada personaje que entra a la vida de Eva le sorprende. Su vitalidad y alegría la seduce por completo. Una escritura natural, una historia con vida propia. Un regalo que abrió una pequeña ventana por la que se deslizaron con paciencia otras narraciones encontradas al husmear el cuarto de su hermano mayor.
En esa habitación nítida y ordenada en exceso por un chico de dieciocho años, nunca faltaba un grupo de libros en el velador. Algunos señalizados con perfección, otros con huellas de haber sido leídos y releídos a media luz. La innata curiosidad que desde niña le acompañó, al igual que una voz sutil le animaban a tomarlos, algunos parecían llamarla, o es lo que ella quiso pensar para justificar sus robos. Los llevaba a hurtadillas a su cuarto para ojearlos. Eran cuentos cortos que los leía en una tarde y luego los volvía a colocar en el sitio exacto para que su hermano no note su intromisión.
Plácida y sostenida fue su reconciliación con los libros. De pronto, casi sin percibirlo, el miedo soltó su mano y se descubría leyendo a autores desconocidos, con unos se quedaba, a otros los dejaba con la certeza que ya llegaría su momento, como si en esa espera su paladar se preparara para degustar algo nuevo.
Poco a poco comprendió que en la lectura como en la vida, todo tiene su justo tiempo. Que los libros tienen su propio espíritu y que la magia sucede mientras se descubre esa energía que inevitablemente nos hace vibrar por dentro, nos hace olvidar del mundo exterior y nos permite disfrutar de un tiempo inventado.
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